Uruguay

¿por qué otras cosas se mata en Uruguay?

Seguía su recorrido habitual. De casa al trabajo, del trabajo a casa. Cuando le faltaban dos cuadras para llegar, zzacc: un golpe seco —disparado con la precisión de un francotirador pero  con un arma 9 milímetros— lo dejó tumbado en el cordón de la vereda, solo y ahogándose en su propia sangre.

Murió. 

No hay cámaras, no hay testigos y lo único que los vecinos pudieron aportar a la policía es cómo se oyó ese único golpe seco. Aunque lo sospechan con mucha convicción —la convicción de quien ha visto decenas de casos iguales—, no tienen pruebas para afirmar que fue un crimen narco. Eso lo transformó en uno de los 29 homicidios de este semestre que el Ministerio del Interior dice no conocer el motivo. Son el 15% del total.

La mitad están vinculados a las drogas, pero el otro 50% acarrean motivos de todo tipo.

El homicidio en Uruguay estuvo representado por distintas caras. En 2012, tuvo la cara del planchero de La Pasiva al que menores mataron a sangre fría. Tuvo cara de mujer, cuando una ola de femicidios azotó al país en 2019 e hizo que el entonces presidente, Tabaré Vázquez, decretara la emergencia nacional por violencia de género. Hace algunos meses, fue la del hombre que el mar trajo de a pedazos en la rambla para luego comprobarse que había sido víctima de un crimen narco. Pero más allá de aquellos casos puntuales que conmueven durante varios días a la opinión pública, los motivos de esas muertes se hacen presente constantemente en otros casos que permanecen ignotos.

Esta semana el Ministerio del Interior difundió los motivos de los homicidios ocurridos en el primer semestre de 2022. Los homicidios por ajustes de cuentas se asentaron hace bastante tiempo en el debate público y tuvieron un pico importante este mayo, cuando una ola de muertes en el barrio Peñarol por esta causa contribuyó a alcanzar los 43 homicidios en ese mes. El ministerio  atribuyó entonces lo sucedido a un éxito en la política de cierre de bocas de droga, que hacía que hubiera menos mercadería y las bandas se las disputaran con más violencia. Cuando esta cifra cayó considerablemente en junio —hubo 16 homicidios— lo adujeron a que el plan que pusieron en marcha para contener este tipo de crímenes estaba trayendo buenos resultados.

Pero más allá de ese 50%, hay otro 50%. Según el ministerio, ello se encuentra repartido en otras cinco categorías: altercados no domésticos, violencia intrafamiliar, aquellos derivados de rapiñas o copamientos, los que tienen otros motivos y los que aún no se conoce la razón.

Para contener este tipo, el ministerio mantiene el mismo plan: un intenso patrullaje que pueda llegar a prevenir algunos crímenes –o que pueda llegar rápidamente si se produce alguno– y las cámaras de seguridad. Detrás de este otro 50%, hay historias muy diferentes y que autoridades y técnicos se preguntan cómo abordar.

“Es muy difícil prever que un padre se va a levantar y va a asesinar a sus dos hijos”, ejemplificó, resignado, el subsecretario de Interior, Guillermo Maciel, en Así nos va (radio Carve) días atrás. En abril de este año, un padre que todos describían como un buen hombre y atento de sus hijos de 8 y 9 años, se levantó y en vez de llevarlos a la escuela, los mató. Fue declarado imputable y está a la espera del juicio oral. Este caso computó dos homicidios para la categoría violencia intrafamiliar.

Pero este otro 50%, además de situaciones impredecibles como esa, muestra también cambios culturales. “Antes, capaz, se agarraban a las piñas en la puerta de un bar. A nadie se le ocurría matar por tan poca cosa. Hoy, por eso, se pegan un tiro y bueno, si la persona se muere, se muere”, contó un investigador a El Observador. Los motivos pueden ser que uno miró con intenciones a la novia de otro o que interpretó con un gesto que estaba tratando de amedrentarlo. “Cuando me toca hablar con ellos me doy cuenta de que llegan a hacer estas cosas porque les faltó crianza, les faltaron límites”, señaló la fuente. Agarró a las piñas a mi primo y lo defendí, dijo, por citar un ejemplo, un hombre detenido por la Policía de San Carlos en marzo de este año. Su forma de defenderlo fue pegarle un tiro en la cabeza al agresor y espantar por el fogonazo a toda la gente que se encontraba alrededor. El hombre murió pocos días después y se convirtió en uno de los homicidios que computado en la categoría altercado espontáneo.

Los encargados de investigar homicidios consultados por El Observador coincidieron: en Uruguay se mata por droga, y si no es por droga, es por plata o por honor. Pero generalmente es por plata. Las deudas impagas entre familiares o amigos cercanos son otro de los motivos más comunes. La discusión comienza a subir la temperatura hasta que alguno toma el paso definitivo y termina con la vida del otro.

Hace menos de un mes, en Pando, una mujer joven apuñaló a su pareja en el pecho y la mató. La vida de ese hombre valió las dos bordeadoras marca Stell que le había sacado a su pareja y que quería vender para saciar su adicción a las drogas.  Lo corrió hasta un monte, donde ella le dio una cachetada y él le devolvió un “puntapié”. Allí fue que ella sacó un cuchillo con 10 centímetros de hoja y lo apuñaló en el corazón. En las cámaras de seguridad se ve cómo ingresan los dos al monte, ella sale y él cae y queda tendido en una cuneta. Ella volvió a su casa y escondió el cuchillo en un galpón. 

El sociólogo grado 5 Rafael Bayce dijo a El Observador que otro de los problemas más allá del crimen organizado es que en el mundo moderno las armas son más livianas, baratas, ocultables y precisas. “Tener un arma significa que las posibilidades de matar al otro son mucho mayores que antes. Antes, eran muy difíciles de manipular, eran muy pesadas”, explicó.

En los casos en los que las deudas se resuelven con un homicidio, explicó Bayce, es muchas veces porque se considera “que es la única forma de obtener justicia”. Por ejemplo, puede ocurrir cuando se hacen préstamos de palabra o en forma irregular. La persona suele ser consciente de que no habrá otra forma de recuperarlo.

“Se entiende que no se puede tenerla a través de las instituciones públicas (…) Sigue habiendo bolsones de violencia en aquellas partes de la sociedad que no terminan de estar integradas”, advirtió. Estos bolsones, aclara, pueden no ser socioeconómicos, sino que refiere a todas las actividades que estén por fuera de lo público, lo legal, o porque su propia ubicación geográfica impide acceder.

En 2019 vecinos cortaron la ruta interbalnearia tras un homicidio de una mujer en una rapiña

Para la pregunta de por qué se matan los uruguayos hay muchas respuestas. Pero en Las Piedras, por ejemplo, a un hombre lo mataron por una bicicleta. Lo quisieron rapiñar, se resistió y lo apuñalaron en el pecho. Fue uno de los nueve homicidios producto de rapiñas o copamientos, categoría que el gobierno mira con especial atención.

Si bien las cifras semestrales de homicidios significaron un revés para la gestión, en medio del trago amargo, pudieron destacar lo que entienden es un logro “muy importante” y es que bajaron a 5% los homicidio derivados de rapiñas o copamientos. Este había sido uno de los puntos en los que más hincapié se había hecho en campaña electoral y se logró un efecto positivo.

Heber lamentó con pesar cuando, en marzo, un delincuente dio muerte a un joven de 19 años que quiso evitar una rapiña a un supermercado en Paso Carrasco. En ese momento, la cara de los homicidios fue la de un hijo que trató de defender a su madre y fue herido de bala por el rapiñero que estaba visiblemente nervioso.




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